Fallece José Monleón Bennácer gran amigo y compañero

2016-feup-fallecimiento-jose-monleon-web

El 15 de julio, falleció nuestro gran amigo y compañero, José Monleón Bennácer (Tabernes de Valldigna, 31 de enero de 1927 – Madrid, 15 de julio de 2016) fue un escritor, director de teatro, editor y crítico español. Su actividad profesional le fue reconocida con el Premio Nacional de Teatro (el primero, concedido en 2004), la Cruz de Sant Jordi y el Premio Max Honorífico de Teatro.

Fue un hombre extraordinario, valiente, inteligente, que amaba la cultura de los pueblos y que luchaba por la libertad y la justicia. Un gran defensor del proyecto de las Universidades Populares, colaborador permanente de la FEUP y miembro del Consejo Participativo de la FEUP.

Como parte de su trabajo junto a las Universidades Populares nos deja el texto, que por su interés y vigencia, reproducimos íntegro a continuación y os recomendamos que invirtáis 10 minutos de vuestro tiempo en la lectura de las palabras de José en las que nos responde: Educación ¿para qué? En la sección de más información se podrá descargar el documento en formato PDF.

Aprendizaje para el diálogo entre culturas

Bases Conceptuales FEUP 2008-2012. Congreso FEUP. Cáceres 2008.

La existencia de la Universidad Popular supone que la sociedad española, a lo largo de toda su vida, tiene la posibilidad de acceder al estudio fuera de los centros institucionales específicos. Supone, asimismo, vincular la educación a la idea misma de ciudadano/a, sin limitación a quienes gocen de unas determinadas circunstancias. Si todos somos ciudadanos y la educación es parte del derecho de la ciudadanía, es evidente la necesidad de formalizar la educación para todo el mundo. Ese es el principio de la Universidad Popular. Si la ciudadanía incluye el derecho al voto, y de éste depende la ordenación política de la sociedad, sería un despropósito que todos votáramos y sólo una parte accediera a la educación, entre otras cosas, porque dependemos de la conciencia y la capacidad crítica del electorado. Por eso creo que la función de las Universidades Populares es muy importante a pesar de que, a menudo, se las trata con un paternalismo o una estimación marginal que no responden a las exigencias de una sociedad democrática. Además, la Universidad Popular conlleva el principio de que debemos estar aprendiendo hasta nuestra muerte, en lugar de establecer un determinado y breve periodo biográfico para ello, por la simple razón de que al estudio meramente utilitario, preparatorio de una determinada profesión, hemos de oponer la profundización permanente en nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. Gran parte de la banalidad personal y social procede de esa distribución de la vida humana en etapas discontinuas, separadas por fronteras determinadas por un sentido de la productividad, cuando es lo cierto que, en el orden emocional e intelectual, el proceso de crecimiento debiera ser permanente.

Esta reflexión nos lleva a un nuevo término, el de educación, que debería suponer la construcción de una libertad responsable, respecto de los demás, respecto de uno mismo y respecto del bien común, sin asumir ningún adoctrinamiento. Yo he conocido a muchachos argelinos captados por el integrismo, dispuestos a colocarse una bomba en la cintura para alcanzar el Paraíso a través de un crimen, que ellos calificaban de su propio martirio. Lo tremendo es que estos muchachos justificaban su acción a través de una serie de argumentos que les habían sido adecuadamente suministrados. En efecto, “vivían en un país largo tiempo colonizado por Occidente, su tradición cultural había sido castigada, Occidente seguía utilizando la agresión puntual y la explotación permanente, su lengua había sido marginada y tenían un muy incierto futuro”. Si frente a esto existía la oportunidad de alcanzar la gloria eterna, y, al mismo tiempo, merecer el respeto de sus compatriotas, ¿cómo no entender la inclinación de estos muchachos a aceptar esa alternativa?

La forma de entender y tratar nuestras diferencias culturales es, por tanto, un pensamiento que está por desarrollar, y que no basta reducir a la tolerancia y a la buena voluntad. Curiosamente, hay muchas personas que, por ejemplo, proclaman su rechazo al racismo con salvedades –los judíos, los negros, los inmigrantes, etcétera– que demuestran todo lo contrario. Se trata, simplemente, de actitudes sentimentales y de la necesidad de “hacernos” una buena conciencia. Lo urgente es construir un nuevo pensamiento al respecto. Entender el origen de las diferencias, entender qué elementos son anacrónicos y qué otros son perfectamente adaptables a nuestra realidad contemporánea. Y, sobre todo, elaborar el pensamiento que corresponda a esa nueva sociedad que deseamos, donde la singularidad sea respetada en todo aquello que no afecte al espacio común, a los Derechos Humanos, a la progresión indiscriminada de una serie de valores relacionados con la dignidad personal y la democracia, y no sólo por haber descubierto que ese ser lejano, desconocido y quizá hambriento, que permanecía apacible en su rincón, está ahora dispuesto a inmolarse con una bomba en la cintura, sino por una conciencia ética, por un rechazo de las múltiples discriminaciones establecidas por los más fuertes.

Justamente, de lo que se trata es de salir a la intemperie, de afrontar aquello que nos parezca injusto o contradictorio, y de buscar respuestas que, en muchos casos, podrán ser incluso dolorosas, precisamente porque nuestro subconsciente es también depositario de la cultura que estamos cuestionando. La libertad y la educación han sido dos de los conceptos reiterados esta noche. Libertad para qué, y educación hacia dónde, son las dos dimensiones que dan espesor, grandeza y temor a lo que os propongo. Hagamos de la Humanidad un concepto social y político, e intentemos, como personas concretas y como miembros de esa comunidad, construir un pensamiento.

La educación conlleva un debate sobre la misma cultura, y que si la invocación del aprendizaje a lo largo de toda la vida se hace en las Universidades Populares es porque partimos de un determinado discurso cultural y político que, no casualmente, se asienta en los compromisos educativos de nuestra II República. ¿Acaso, desde la perspectiva tradicional, no disponemos de un breve periodo biográfico para el estudio, seguido de una existencia dedicada estrictamente a la productividad? A producir coches, a producir hijos, a producir beneficios, o a producir conferencias, según un orden establecido que determina el funcionamiento de la sociedad. Y si nos preguntamos qué tipo de funcionamiento, la regla se rompe, en la medida que se hace necesario determinar el valor social del producto. ¿Acaso, como se ha dicho en determinados tiempos, las madres han de tener hijos para que haya buenos soldados dispuestos a morir por la patria? ¿Acaso, como se dice todavía, las guerras constituyen una buena producción para alcanzar la paz? Etcétera, etcétera.

Pienso, por ejemplo, en las generalizaciones impuestas por una educación que nos está impidiendo prácticamente el encuentro con los diferentes. El tradicional temor al distante se traduce en un esquematismo que lo unifica bajo un cúmulo de perversiones. Es el caso, por ejemplo, de la visión que la mayor parte de los palestinos e israelíes tienen hoy entre sí, o el súbito furor nacionalista que animó la guerra de la ex Yugoslavia, o la identificación del mundo islámico –tan complejo y con corrientes internas distintas y a veces antagónicas– con el integrismo islamista y el terrorismo sistemático. O, pasándonos a su mundo, la imagen de un Occidente uniformemente agresor e imperialista. Cada uno de los ejemplos citados conlleva su propio sistema educativo, que intenta o ha intentado someter a israelíes, palestinos, serbios, bosnios, croatas, musulmanes y occidentales. ¿Cómo defender la educación en tales países, en determinadas épocas, sin interrogarse por sus consecuencias? ¿Y qué pensar de la experiencia española del nacional-catolicismo?

Tomemos ahora el ejemplo de la historia. Cada país la ha interpretado a su modo. Y de un mismo episodio existen tantas versiones como participantes. Cada uno se asigna la representación del Bien y atribuye a los demás la encarnación del Mal, y con esa pasta se construyen las historias que se enseñan a los niños y determinan modelos de conducta. El doctrinarismo consigue que las luchas por el poder, el dominio territorial o la hegemonía económica se transformen en batallas metafísicas, con principios, opuestos e indiscutibles, que obligan a los buenos ciudadanos a entrematarse.

Quizá hoy la información y la interdependencia nos están planteando un nuevo e importante problema: que no importa tanto la puesta en cuestión de determinadas posiciones en el ámbito de nuestra cultura, como la puesta en cuestión de algunos de sus principios fundamentales. Como si, al final, uno sospechara que posiciones formalmente antagónicas constituyen piezas complementarias de un mundo inaceptable. Es curioso, por ejemplo, escuchar a Bush, a Bin Laden y a tantos otros afirmando, como manifestaciones lógicas y razonables, las posiciones más opuestas e incompatibles. Como si a todos alcanzara una misma incapacidad para establecer una distancia clarificadora. De ahí el sentimiento de estupor y de lejanía con que escuchamos hoy muchas de las declaraciones del poder político. ¿Educar para qué? ¿Para tragarse tales discursos? ¿O para tener un juicio crítico? Los conceptos de “políticamente correcto” y “políticamente incorrecto” quizá sean un modo irónico y popular de hablar de la buena y la mala educación.

Ciertamente, la historia se ha movido siempre. Pero hay épocas, que pudiéramos considerar clásicas, en las que se vive alrededor de unos determinados modelos. Hay otras en las que, por el contrario, se siente la necesidad de construir nuevos valores, nuevas interpretaciones, nuevos proyectos, que responden a la conciencia de los cambios en curso. Supongo que ése es un drama social y personal, pues, llegados a esa situación, se produce una especie de dualidad histórica, de coexistencia de dos tiempos distintos, como si pasado y presente se enfrentaran y muchos supieran que viven en una cultura que no es la propia de su época. ¿Qué ha de hacer la educación ante el problema? ¿Debe potenciar los valores anacrónicos o buscar las nuevas respuestas? ¿Cómo no entender el desgarro de las personas situadas ante ese conflicto? Hoy, la sociedad de la información, el desarrollo de la comunicación personal, las migraciones, el avance tecnológico, el incremento de las armas de destrucción masiva, el deterioro ecológico y aun la imagen reiterada de la miseria y la riqueza, suponen una presión intelectual y emocional que, forzosamente, se traduce en perplejidad, soledad y petición de un nuevo discurso histórico. Ya la guerra de Troya fue un saqueo que buscó en el rapto de Elena y la consiguiente ofensa a los griegos, su justificación. Como han hecho ahora los Estados Unidos, alegando el armamento nuclear de Irak, para asegurar el control estratégico de la zona y el beneficio de su petróleo. Pongo un ejemplo antiguo y uno reciente. Pero toda la historia está llena de gloriosas explicaciones de las más dudosas acciones.

Esto conecta con otro hecho esencial: la traición de la ciencia a los intereses generales de la humanidad. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que se pensaba que el desarrollo de la ciencia iba a hacer más felices a los humanos. La ciencia no iba a descubrir aquello que diese más beneficios, sino aquello que ampliase las posibilidades de vida de los humanos, su conocimiento del mundo, su madurez intelectual y personal. No ha sido así, obviamente.

Sabemos que en África mueren millones de personas simplemente porque no disponen de dinero para las medicinas. Como sabemos que la energía atómica, lejos de ser el descubrimiento de una energía alternativa, quizás necesaria dentro de algún tiempo, fue el resultado de una investigación que culminó en las tierras de Hiroshima y Nagasaki. Recordemos el episodio de algunos investigadores abrumados por su mala conciencia.

O ese discurso que aparece en la última versión del Galileo Galilei de Bertold Brecht, cuando aquel se pregunta si no deberían estar siempre los humanos por encima de las conquistas de la ciencia.

Educación, ¿para qué? La creación de un mundo en paz, que asuma cuanto hay en el legado histórico que no sea incompatible con ella, que descubra el valor de la singularidad en la armonía general, que acabe con la hostilidad entre el Estado y el individuo, que elimine la pobreza y el hambre, es una respuesta que aúna las viejas demandas éticas con la percepción de la incidencia decisiva de las nuevas circunstancias. Las Naciones Unidas se han comprometido a que en el año 2015 haya desaparecido el hambre del mundo. No parece, en absoluto, que estemos en ese camino. Los neoimperialismos y la lucha por el dominio de la economía del mundo se mantienen, y cada vez, aseguran las encuestas, los ricos son más ricos y es mayor el número de pobres.

Educación, ¿para qué? Por lo pronto, ya no cabe reducirla a una transmisión de los valores establecidos. Carecemos de modelos, entre otras cosas, porque sabemos que las respuestas no caben a nivel estrictamente personal, familiar, regional o nacional. El Otro, ese sujeto lejano, anónimo, pintoresco, adversario en las batallas, está en nuestra tierra. Físicamente y a través de la información. Y todo el mundo ha de construirse, cada vez más, con todo el mundo. Y si antes la “ciudadanía del mundo” era una hermosa retórica, ahora es una realidad. Ésa es la paradoja, que cada vez somos más ciudadanos del mundo y hay quien pelea por su estatuto local o es incapaz de entender el porqué de una constitución europea.

La educación es una conquista, es una búsqueda. Por eso, está lleno de sentido que miles o millones de personas adultas reclamen hoy el derecho a la educación a lo largo de su vida. Educación para romper el rebaño, educación para una solidaridad libre y responsable, educación para construir entre todos una nueva ciudadanía.

 

Más información

Tags:

Related posts

Top